
El hermoso día en que el hombre del futuro discutió por última vez con su mujer nunca pensó que un ingenuo empujón podría llevarlo a la cárcel. Tantos como él había recibido, golpes en el estómago, bofetadas y pellizcos a lo largo de 3 años de noviazgo y 1 de matrimonio, no creía que en caso de volverse, en aquél momento tan crítico, su mujer llamara al teléfono Anti-Maltratadores.
Así que salió de casa resuelto a divorciarse de cualquier modo, bajo las condiciones que fuese, con tal de no soportar más la vacía y tediosa vida conyugal en que se había convertido aquella relación. Entonces, tuvo la inquietante idea de que, con el divorcio, tendría que grabar todo el trabajo acumulado en el PC de su casa, pues el PC era de su mujer. Bajó a la tienda de informática a comprar dos bobinas de cd’s vírgenes, cuyo precio había vuelto a subir debido al canon Anti-Piratería.
Una vez en el coche, invadido aún del estrés de la reciente discusión, pisó un poco más de la cuenta el acelerador. Recorrió la avenida a casi
Una patrulla de la policía no tardó en interceptarlo y vieron pronto que su nombre figuraba en la nueva Base de datos de Maltratadores, a causa de la denuncia efectuada por su mujer pocas horas antes.
El hombre del futuro era un hombre de bien, políticamente correcto y socialmente adaptado. Entendía que, por el hecho de haber nacido hombre, su tendencia natural a la agresión era un hecho científicamente comprobado y debía ser sometido a un trato especial de privación de la presunción de inocencia; también entendía que debía compensar a los autores y editores por si acaso algún día regrababa aquellos cd’s con material protegido por la propiedad intelectual. Y era muy consciente de que , a pesar de que no había nadie en la avenida cuando cruzó a más velocidad de la permitida y no puso a nadie en peligro, el castigo por el hecho potencial era fundamental para evitar las cada vez más frecuentes muertes que aparecían en televisión.
El hombre del futuro, el maltratador, agresor vial y potencial ladrón de derechos intelectuales se sintió feliz de ser castigado por si, más adelante, su país decidía atacar a gente inocente. Y, mientras agonizaba bajo los escombros del juzgado, se sintió reconfortado por pertenecer a una civilización que protegía a sus ciudadanos mediante el por si acaso, lo potencial y lo que parece que podría ser.
Fue un día hermoso.